El Mundo | Alcalá de Henares revela los últimos días de Roma

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Hace 1.700 años, el centro de Hispania tembló. De la tierra surgió un volcán que escupió barro y agua. Los edificios cayeron y explotaron en mil pedazos.

Las tumbas de los muertos se movieron. El terror se apoderó de los habitantes, que corrieron de un lado a otro, sin saber, sin entender. Complutum había despertado la ira de los dioses.La antigua urbe romana que vivió varios siglos de esplendor tuvo un final amargo. A la crisis económica y política del Imperio se sumó la llegada de una religión que cambió el mundo y un terremoto que destruyó comercios y hogares. La ciudad se mudó a otro lugar, al amparo de la leyenda de unos niños mártires, cimientos de la actual Alcalá de Henares, en el este de la Comunidad de Madrid.

Hace 1.700 años, el centro de Hispania tembló. De la tierra surgió un volcán que escupió barro y agua. Los edificios cayeron y explotaron en mil pedazos. Las tumbas de los muertos se movieron. El terror se apoderó de los habitantes, que corrieron de un lado a otro, sin saber, sin entender. Complutum había despertado la ira de los dioses.La antigua urbe romana que vivió varios siglos de esplendor tuvo un final amargo. A la crisis económica y política del Imperio se sumó la llegada de una religión que cambió el mundo y un terremoto que destruyó comercios y hogares. La ciudad se mudó a otro lugar, al amparo de la leyenda de unos niños mártires, cimientos de la actual Alcalá de Henares, en el este de la Comunidad de Madrid.
La religión romana, ligada al imperio, se practicaba en ceremonias cívicas. Los cristianos no creían en ellas, no asistían y esto se entendía como una rebeldía. «Se enfrentaban directamente al estado», explica a EL MUNDO Sebastián Rascón, jefe del Servicio de Arqueología de Alcalá de Henares. El sigilo con el que se profesaba el cristianismo contrastaba con una sociedad en la que estas ceremonias eran públicas, por lo que se sospechaba de ellos. Se les tenía por seres extraños de una secta que se reunía en secreto para practicar la magia negra, el canibalismo o mantener relaciones incestuosas.Por no seguir la tradición de Roma, entre los años 303 y 304 el emperador Diocleciano dictó cuatro edictos de persecución a los cristianos. Se les prohibió reunirse y se ordenó ejecutar a todo aquel que no ofreciera un sacrificio público a los dioses. «Los romanos querían que los cristianos fueran buenos ciudadanos y participaran en el culto imperial», comenta Rascón.

Ver fuente: diario El Mundo